Musas Inspiradoras

Según Hesiodo, las musas eran cada una de las nueve hijas de Zeus y Mnemosina. Vivían en el monte Helicón y con el paso del tiempo cada una se convirtió en diosa protectora del arte que representaba.

Clío es la musa de la historia, Euterpe de la música, Tepsícore de la danza, Talía de la comedia, Erato de la poesía lírica, Polimnia de los himnos, Melpómene de la tragedia, Urano de la astronomía y Caliope de la épica. 

En tiempos de la liberación de la mujer, de la lucha por la igualdad, casi se convierte en una herejía pronunciar esta sentencia: “Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”, pues estas adquieren cada vez más un papel protagónico, bien merecido,  que hace que no tengan que permanecer a la sombra de nadie para hacer valer sus méritos.

Pero  la historia de las artes está colmada de musas de carne y hueso, de mujeres inspiradoras que avivaron el calor del hogar, entendieron a los artistas y les dieron lo mejor de sí para que ellos pudieran crear una obra, inmersos en su mundo, y animados por el aliento y el esfuerzo de una mujer.

Musas de sueño, o idealizadas, como Beatriz para Dante -el creador del Infierno- o Laura para Petrarca -el famoso sonetista italiano-.

Otras totalmente ciertas como Mercedes para Gabriel García Márquez, Gala para Salvador Dalí -el genio surrealista- o Fina García Marrúz para Cintio Vitier. Grandes mujeres que han vivido los más crudos momentos con sus hombres, que sufrieron vicisitudes, la incomprensión y pocas veces el triunfo de los grandes artistas.

Muchos creadores son como niños grandes, colmados de ingenuidad y otras veces de la fiebre creativa que los aleja, por períodos, de la realidad más acuciante. Otros murieron sin alcanzar el merecido reconocimiento a su obra o fueron víctimas de los que negociaron con ella.

Más de un artista fue salvado de este final por su bienhechora, por alguien que lo abandonó todo para seguirlo, que le dio placidez y estabilidad, que lo inspiró, a la vez que le espoleaba la confianza en sí mismo.

No hay un  gran artista sin su musa, sino la tiene se la inventa, cual Quijote con su Dulcinea, aquel loco maravilloso, capaz de enfrentar molinos de viento, para salvar a la mujer que le provocaba tantos sueños.

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