René de la Cruz

René de la Cruz. Foto: Tomada de Ecured.

René de la Cruz. Foto: Tomada de Ecured.

Conocí a René de la Cruz hace muchos años: Yo era un adolescente, estudiante de una escuela de arte,  y él uno de los mejores actores de Cuba.

Lo conocí por su hijo Renecito, estudiábamos juntos y pronto hicimos amistad, hasta el punto de que yo, guajiro espirituano, recién llegado a la capital, encontré en la casa habanera de los Cruz cariño y cobija. 

René de la Cruz padre era mi coterráneo y en las noches de tertulia familiar yo asistía maravillado a sus historias de un Sancti Spiritus desconocido para mí donde él había sido planchador y un buscavidas al que no le pasaba por la mente llegar a convertirse en una figura pública, respetada y querida por todos.

René profesaba lecciones de humildad, era un actor natural que hacía con facilidad cualquier personaje, con economía de recursos, sin aspavientos ni trucos de farándula.

No sé cuando estudiaba, cómo preparaba un personaje…tanto no se… pero de solo mirar a la cámara o al público uno sabía que estaba en presencia de un actor de pies a cabeza, que había aprendido actuando.

Venía de recorrer todos los caminos y sabía vivir con autenticidad, sentarse en una acera, saludar amistoso, tomarse un trago, hacer un chiste sobrellevando el asedio de sus admiradores como algo inmerecido.

La frase con que se anunciaba: “Parieeeeente” -que había tomado prestada de su personaje Julito el Pescador- y que decía con chispa en los ojos y voz estentórea, era como una sonrisa amistosa, una mano cálida que le abría las puertas de la confianza.

Siempre amó a Sancti Spiritus y volvía regularmente a recorrer sus calles con su inseparable amigo Juan García. Por esos días era como una fiesta, como si mejorase su maltrecha salud mientras adoptaba un aire feliz que contagiaba a todos.

En el cine cubano dejó su huella, en las películas “Memorias del subdesarrollo”, “El brigadista”, “El corazón sobre la tierra”, “Baraguá”, “Jíbaro” y “Nuestro hombre en La Habana”, entre otras muchas cintas, hasta el punto de alzarse con el Premio al Mejor Actor en el Festival de Cartagena, en el año 1990.

La Televisión fue otro de los medios en que incursionó  René de la Cruz; en aventuras, telenovelas y en el clásico “En silencio ha tenido que ser”, en cuya primera parte descolló tanto que el guionista y el director prepararon de inmediato la segunda: “Julito el pescador”, en la que compartió roles protagónicos con su querida “Flaca”,  Consuelito Vidal.

Pero el Teatro fue el gran amor de René de la Cruz: Memorables fueron sus interpretaciones en las obras “Andoba”, “Réquiem por Yarini”, “La Barbacoa”,  Cañaveral y “La verdadera historia de Matías Pérez”.

Tan profunda fue su huella que obtuvo los Premios Nacional de la Televisión, por la obra de toda una vida, en el año 2006, y el Nacional de Teatro, en el  2007.

Pienso que esa misma entrega con que actuó debe haberla empleado planchando pantalones. Con René de la Cruz no había medias tintas: Se entregaba en cuerpo y alma a todo lo que hacía.

René de la Cruz falleció el 26 de Junio del año 2007.

Por allí anda su imagen, en el celuloide y la de carne y hueso que no se borrará nunca, vive aún en la piel de sus personajes: de pescador, de guajiro del Escambray, de Matías Pérez, de cubano dicharachero y jodedor. Todavía resuena el eco de su voz cálida: “Parieeeeente”….

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