Raúl Ferrer

Conocí a Raúl Ferrer a finales de la década del ochenta. Yo rondaba los treinta años y él me doblaba la edad.

En aquel tiempo se enfrascaba, como quijote impetuoso, en una campaña a favor de la lectura.

La figura de Raúl Ferrer era  una leyenda; desde su natal Yaguajay, donde había venido al mundo en el lejano 1915, había sentado pautas en la pedagogía cubana además de que su obra poética era reconocida en toda Cuba.

Nacido en el seno de una familia muy vinculada a la cultura se había graduado de maestro en la Escuela Normal de Santa Clara y de Bachiller en Ciencias en el Instituto de Segunda Enseñanza de esa misma ciudad.

Por más de 30 años trabajó como maestro de escuelas primarias y secundarias y su experiencia en la escuelita del Batey del Central Narcisa, Yaguajay, junto a los maestros Onelio Jorge Cardoso, el cuentero mayor, y Herminio Bello, pasará a la historia de la enseñanza cubana como uno de sus acontecimientos más hermosos y emblemáticos.

Escuela de niños pobres, sin zapatos pero con mucha ternura y ganas de aprender, Raúl Ferrer y sus compañeros enseñaron a los alumnos la profunda sabiduría de ser hombres y mujeres de bien, la honestidad y el amor a la patria.

Raúl Ferrer era un poeta importante, con obras entre las que se cuenta el clásico Romance de la niña mala. Eso lo llevó a ocupar disímiles responsabilidades entre las que destacaron: Vice Coordinador Nacional  de la Campaña de Alfabetización, Jefe de la colaboración cubana para la Alfabetización en Nicaragua y agregado Cultural de la Embajada Cubana en la entonces Unión Soviética.

Cuando lo conocí venía de todos esos caminos. Conservaba el brillo en los ojos y un ímpetu que ya quisieran para sí muchos jóvenes.

Se dedicaba en cuerpo y alma a la Campaña Nacional por la Lectura y me ofreció su amistad, animada en largas conversaciones en las que yo aprendía sobre Martí y la historia de su querido pueblo.

Raúl Ferrer nunca dejó de amar a Yaguajay, y su aprecio me lo obsequiaba motivado por mi labor cultural en su terruño y porque conmigo podía hablar, en las noches habaneras, de Camaján, Narcisa, Mayajigua, de su hermano Rafelito y de otros  personajes yagüajayenses como Vitalio y su yegua o Vicié y sus canciones.

Raúl Ferrer era un poeta de la vida: La poesía que no escribió estaba en sus gestos, en su picardía y en ese cubanísimo sentido del humor en que mezclaba su sabiduría y conocimiento del mundo con las más auténticas raíces.

Cuando murió Raúl Ferrer, en el año 1993 la cultura y la pedagogía perdieron a un hombre  sencillo, afable y de honda cubanía.

Un pensamiento en “Raúl Ferrer

  1. Gran poeta y humanista Raúl Ferrer, tuve la suerte de conocerlo a través de sus libros, su poesía, y lo que me narró de viva voz, en una jornada de muchas horas a base de café y ron, su sobrino Pedro Luis Ferrer, en un dia para el eterno recuerdo que pasé con él en la Habana. Recuerdo para su Yaguajay querido que ahora recientemente se ha visto inundado por las lluvias torrenciales.

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