Las Serenatas en Sancti Spíritus

Quien ofrece una serenata cree en el mágico poder de las palabras.

Sancti Spíritus es una ciudad para ser cantada. Sus balcones, sus verjas y el suave tono de la luna en los tejados la hacen el sitio exacto para las serenatas.

Tradición surgida hace siglos las serenatas se hicieron habituales en las noches de la villa. Las aseguraban un sinnúmero de compositores que podían hacer bellas canciones con rapidez y por encargo, la calidad de nuestros trovadores y el misterio de horas noctámbulas que enriquecían este escenario.

Ofrecer una serenata era una prueba de amor o de amistad y también podía celebrar una fecha significativa en la vida del agasajado.

No existe músico espirituano de la época que no haya ofrecido decenas de serenatas, e incluso  muchos de ellos tenían la actividad como un medio de engrosar su exigua economía.

Pero también las serenatas como hecho popular poseen  todo un archivo de hechos jocosos y anécdotas que fueron aligerando el paso del tiempo: El clásico cubo de agua u otros “líquidos” encima de los “serenateros”, el desdén de no abrir la ventana a la música y hasta la desmesura de una serenata ofrecida con el acompañamiento de un piano, enriquecen el folclor espirituano.

No puede imaginarse la existencia de la trova espirituana y de sus tríos sin las serenatas porque ambos fenómenos se complementan. Innumerables canciones de la trova surgieron bajo el influjo de la improvisación o de un nombre femenino que había que ensalzar esa misma noche. De igual modo los tríos espirituanos en ocasiones se formaban con la premura de un compromiso nocturno bajo un balcón.

Y es que cantar saben casi todos los espirituanos…o cuando menos apreciar su música y emocionarse si algún amigo o enamorado, en el caso de las mujeres, viene a cantar cuitas o amores.

Ya en pleno siglo XXI las serenatas se han espaciado en el horizonte de la ciudad. Los jóvenes encuentran otras formas de amar y comunicarse, por lo que cantar bajo una ventana  se convierte en casi una extrañeza o al menos en un  hecho aislado.

En el Siglo de los ruidos ambientales, el reguetón y las discotecas la vida avanza con mayor rapidez, los sentimientos se expresan de forma más perentoria y las serenatas han pasado a  ser patrimonio, recuerdos  guardados con cariño y nostalgia, además de escenografía que una vez tuvo la ciudad, como los faroles o las calles de piedras.

Pero en algún rescoldo del alma espirituana quedan las serenatas, y en noches en que la luna resalta el musgo de las tejas suelen aún escucharse, como en sueños, hermosísimas canciones que bajo una ventana desafían la realidad, reafirmando que nunca morirá el amor y esa costumbre de adornar las madrugadas.

 

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